China como “nuevo exterior estructurante” y el rol de América Latina: Geopolitización y pluralismo

El sistema internacional atraviesa un periodo de transformación hacia un orden multipolar, caracterizado por la emergencia de nuevas potencias, como China, y el relativo declive de la hegemonía estadounidense. La vieja dialéctica, surgida tras la Segunda Guerra Mundial, entre los creadores de normas (rule-makers) de Occidente y los que se asumían como acatadores de normas (rule-takers), está siendo sustituida por un nuevo espectro de rule-takers emergentes y, eventualmente, de transformadores de normas (rule-shakers) (Kehoane, 2001; Serbin, 2020). En este contexto, América Latina y el Caribe (ALC) se posiciona como un escenario clave de competencia interhegemónica, donde China ha consolidado su presencia a través de comercio, inversiones e iniciativas estratégicas como la Iniciativa de la Franja y la Ruta (BRI). Este trabajo busca analizar los ejes centrales de las relaciones económicas, políticas entre ALC y China, desde un enfoque institucional chino y su «diplomacia de características chinas» (Mosquera 2020), con énfasis en los desafíos y oportunidades que estas dinámicas representan para el desarrollo y la inserción internacional de la región.

¿Cómo puede América Latina aprovechar la creciente influencia de China como “actor exterior estructurante” en el orden multipolar, para fortalecer su autonomía y desarrollo, mientras enfrenta los desafíos de la competencia interhegemónica y el avance inexorable del BRI?

El marco teórico  se fundamenta en la teoría geopolítica y los enfoques de sistemas-mundo, que permiten comprender las dinámicas de poder en un sistema internacional en transición. Wallesrtein, se enfoca en esta teoría que se caracteriza por una estructura jerárquica donde las potencias centrales ejercen dominio económico y político sobre las periferias, como América Latina (Wallesrtien 2005). Sin embargo, la emergencia de China como potencia económica y geopolítica desafía esta estructura, promoviendo un orden multipolar donde coexisten múltiples centros de poder.

La multipolaridad implica una reconfiguración del poder global, donde actores como China, India y Brasil desempeñan roles crecientes, mientras que la hegemonía estadounidense enfrenta un declive relativo (Rodríguez 2024). En este contexto, América Latina, aunque en una posición periférica, tiene oportunidades para diversificar sus relaciones internacionales y reducir su dependencia histórica de Estados Unidos, especialmente mediante el aprovechamiento de recursos estratégicos como el litio. Las crecientes tensiones comerciales entre China y Estados Unidos exigen que la región adopte una postura pragmática, evitando alineamientos exclusivos con una de las potencias. Esta estrategia, aunque ofrece oportunidades para fortalecer lazos con Beijing o Washington, también conlleva riesgos, como la profundización de la dependencia de exportaciones primarias o la exposición a presiones geopolíticas (Barragán 2024, Mosquera 2019)

La actual geopolitización de las relaciones internacionales se refleja en la disputa 

por recursos estratégicos y en la expansión de la influencia china mediante 

inversiones y proyectos de infraestructura. A diferencia de Rusia y otras 

potencias revisionistas, China avanza en América Latina de forma incremental, 

ocupando los espacios que Estados Unidos deja libres, con una estrategia basada 

en la economía más que en lo militar y guiada por una lógica de largo plazo.

No fue hasta empezado el siglo XXI, con el auge del precio de las materias primas y el cambio de ciclo político, con la llegada al poder de gobiernos de izquierda en ALC, cuando esta comenzó a desarrollar con más fuerza “una nueva visión de autonomía” en sus relaciones internacionales (Levitsky y Roberts, 2011; Barragán y Alcántara, 2019). La Teoría de la “Autonomía” es clave para entender los esfuerzos de ALC por diversificar sus socios y reducir la subordinación a potencias externas, sin embargo, los países de ALC son extremamente heterogéneos en estructura, historia y cultura, lo que se refleja en sus matrices productivas.

La mayoría está todavía caracterizada por un rol de proveedora de productos primarios casi no procesados, especialmente de minería y agricultura. (Cálix y Blanco 2020). La región enfrenta desafíos como la fragmentación de sus procesos de integración y la dependencia de exportaciones de materias primas, que limitan su capacidad de negociación. China llegá a ser el principal socio comercial de ALC y una fuente importante tanto de inversión extranjera directa (IED) como de préstamos para energía e infraestructura, incluso a través de su enorme “La Iniciativa de la Franja y la Ruta” (BRI en inglés).

Beijing ha invertido fuertemente en el sector espacial de ALC y ha fortalecido sus lazos militares con varios países, particularmente Venezuela. En mayo de 2025, recibió a los líderes de ALC, donde el presidente chino, Xi Jinping, anunció una línea de crédito de inversión de 9000 millones de dólares para la región.

La Iniciativa de la Franja y la Ruta en América Latina y el Caribe: La BRI, lanzada por China en 2013, representa un pilar clave de su estrategia para consolidarse como potencia global. En ALC, 21 países se han sumado a esta iniciativa hasta 2023, participando en proyectos de infraestructura, zonas económicas especiales y áreas industriales (Barragán 2024). Este estudio de caso analiza la implementación de la BRI en la región, con énfasis en sus implicaciones económicas y políticas, haciendo foco particularmente en el acceso al litio como recurso estratégico.

A pesar de su posición de privilegio en el escenario mundial, China aún enfrenta muchos desafíos a nivel económico y geopolítico, entre ellos, el envejecimiento de su población, las desigualdades en el nivel de vida entre las zonas urbanas y rurales, y las tensiones estratégicas con Estados Unidos. En este contexto, el 14° Plan Quinquenal (2021-2025) se posiciona como fundamental para navegar hacia la próxima etapa de desarrollo.

El país busca diversificar sus alianzas para proteger su autonomía en el orden internacional, contrarrestar la hegemonía estadounidense y posicionarse como una superpotencia. En este contexto, ha reforzado su influencia en regiones clave como ALC, Asia y África a través de proyectos como la BRI, así como su activa participación en organismos multilaterales como la OMC. (Red Asia Pacífico Opina, 2025). La BRI busca conectar Asia, Europa, África y ALC a través de infraestructura física y digital. En ALC, los proyectos incluyen puertos (como el de Chancay en Perú), ferrocarriles (como el tren bioceánico propuesto entre Brasil y Perú) y redes de telecomunicaciones lideradas por empresas como Huawei. Estos proyectos han permitido a países como Chile, Perú y Ecuador diversificar sus socios comerciales y atraer inversiones, pero también han generado preocupaciones sobre la dependencia económica y la sostenibilidad de la deuda.

Según las estadísticas de las agencias pertinentes, entre 2005 y 2020, China ha construido y puesto en funcionamiento más de 100 instalaciones de infraestructura en ALC, creando más de 600.000 puestos de 

trabajos locales. China ya se posiciona como el principal socio comercial de Brasil, Chile, Perú y Uruguay, y como el segundo socio comercial de varios países. Sin embargo, la relación comercial sigue siendo asimétrica, con ALC exportando principalmente materias primas (soja, cobre, litio) e importando bienes manufacturados de China. Esto refuerza el rol periférico de la región en el “sistema- mundo”, limitando su capacidad para desarrollar industrias de alto valor agregado. “Esta vorágine ha sido seguida de cerca desde los medios de comunicación y analistas, pero entender de manera cabal la creciente integración entre China y ALC es un desafío intelectual significativo debido a la multidimensionalidad del proceso” (Arana, 2023)

Políticamente, la BRI ha fortalecido la influencia de China en la región, especialmente en países que han roto relaciones con Taiwán. En efecto, seis países de la región –con especial incidencia en América Central– han cortado lazos con Taipei desde 2016: Panamá, República Dominicana, Nicaragua, Honduras, Costa Rica y El Salvador. China ha construido el “Estadio Nacional” de Costa Rica, la “Biblioteca Nacional” de El Salvador y el recién inaugurado (en su primera etapa), “Puerto de Chancay”, en Perú. Todas estas inversiones, en su mayoría hechos con el mismo propósito apoyar a la República Popular China, bajo la política de la ONU de “una sola China”.

Además, la 1° Presidencia de Donald Trump (2016-2020), centrada más en asuntos domésticos, significó una oportunidad destacada para que China ocupara los espacios en los que Estados Unidos se había desatendido (Pu y Myers, 2022); entre ellos, ALC (Barragán 2024), pero la presencia china también ha generado malestar en Estados Unidos, pues percibe estas iniciativas como una amenaza a su influencia tradicional en regional. Barragán (2024) analiza ALC y la sitúa en este contexto de realineamiento geopolítico a escala global, en una posición de incertidumbre. Si bien los cambios geoestratégicos pueden abrirle una ventana de oportunidad para buscar nuevas alianzas y posicionarse junto a otros países emergentes del Sur Global, la debilidad de sus espacios de integración y coordinación juegan en su contra.

La BRI se complementa con los esfuerzos de China para fortalecer su presencia en ALC a través de foros multilaterales como APEC (Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico), BRICS y la cooperación Sur-Sur. En APEC, China ha promovido la integración económica transpacífica, especialmente con países de la Alianza del Pacífico como Chile, Perú y México, que buscan diversificar sus socios comerciales. En paralelo ha cobrado mayor relevancia su participación en diferentes instituciones multilaterales de crédito tales como el B.I.D. o B.M (Bco. Mundial), a la vez que ha incentivado la creación de nuevas instituciones de crédito “a su medida” tales como el BAII (Banco Asiático de Inversión en Infraestructura y el NBD (Nuevo Banco de Desarrollo).

En este mismo sentido, se ha ido sumando a instituciones multilaterales tales como el foro Celac, en donde con su propia impronta, utiliza para dar a conocer sus propuestas estratégicas para la región de carácter comercial y logístico. La creación de instituciones financieras como las anteriormente nombradas y que plantean una alternativa a las instituciones propias del orden unipolar se presentan como herramientas alternativas por fuera de la arquitectura del dólar, restando hegemonía a las instituciones creadas luego de Bretton Woods, es en estas dinámicas geopolíticas y geofinancieras en donde podemos ver claramente el concepto “nuevo exterior estructurante

Vemos como a paso lento pero firme, la potencia asiática ha ido ganando terreno a fuerza de un pragmatismo pocas veces visto y este es el resultado de la combinación del confucianismo y el marxismo, que busca administrar el conflicto y sus tensiones en lugar de suprimirlos ( Mosquera 2020) generando también los mecanismos necesarios para que su impronta de política exterior se presente para ALC como una opción menos ahogante, en contraposición a las condiciones desiguales propuestas por las potencias que se disputaron los ingentes recursos de nuestra región en el pasado.

En el marco de los BRICS, China ha fortalecido su cooperación con Brasil y promovido la narrativa del “Sur Global” como alternativa a la hegemonía occidental. Su tradición de cooperación Sur-Sur, heredera del Movimiento de los No Alineados, le ha permitido consolidarse como socio estratégico para América Latina y el Caribe, ofreciendo nuevas oportunidades económicas a una región que históricamente ha enfrentado obstáculos para su desarrollo. Aunque China impulsa un multilateralismo propio, las nuevas instituciones que promueven no sustituyen la arquitectura internacional existente, sino que actúan de manera complementaria, divergente o competitiva.

Reflexión: La BRI ofrece oportunidades para el desarrollo de infraestructura y la conectividad, pero también plantea desafíos relacionados con la deuda, la asimetría comercial y riesgos geopolíticos. Los países latinoamericanos y caribeños deben negociar condiciones favorables y promover la integración regional para maximizar los beneficios de esta iniciativa. La flexibilidad y la no condicionalidad de la estrategia china como “nuevo exterior estructurante” ofrecen una base conveniente para que los países latinoamericanos definan su cooperación según sus necesidades. Sin embargo, los desafíos persistentes de la reprimarización económica y la asimetría comercial, junto con la posibilidad de riesgos geopolíticos indirectos derivados de la forma del discurso chino, sugieren que ALC debe navegar esta relación con una clara conciencia de estos inconvenientes. Un acuerdo plenamente fructífero requeriría que ALC no solo maximice las oportunidades de inversión en infraestructura, sino que también logre diversificar sus economías y fortalecer su posición negociadoras y evitar una dependencia excesiva de materias primas, aprovechando el espacio que la propia estrategia china de flexibilidad puede ofrecer.

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